Habíamos salido a ganar, podíamos hacerlo

Hoy me he acordado de esto:

“Habíamos salido a ganar, podíamos hacerlo”

que corresponde al comienzo de una de las novelas más divertidas que he leído nunca. Además tras haberla leído varias veces sólo puedo decir que nunca pierde, y cada una de ellas me reí con el Comisario Flores, el doctor Sugrañes, y evidentemente las excentricidades del “loco” reencarnado en detective protagonista de la novela. Se trata de un libro de poco más de 100 páginas: “el misterio de la cripta embrujada” escrito por Eduardo Mendoza. Supongo que por el éxito de este, Mendoza decidió escribir dos historias más con el mismo protagonista “el laberinto de las aceitunas” y “el misterio del tocador de señoras” que no están mal pero ni se acercan a la maestría de la primera.

Hay unos cuantos libros que cada vez que estoy en casa, leo y releo, este es uno de ellos. Otros son El guardián entre el centeno de Salinger, Gora de Tagore o Edad Prohibida de Luca de Tena. Reconozco que tanto El guardián entre el centeno como Edad prohibida son vestigios de mi adolescencia, pero el misterio de la cripta embrujada y Gora son atemporales, creo que si los leyera ahora, sin mi historia previa los seguiría adorando.

Así empieza el misterio de la cripta embrujada:

“Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, táctica por mí concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tantos elementos a nuestro favor. Todo iba bien; estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una hermosa mañana de abril, hacía sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban el campo aparecían cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de primavera. Y a partir de aquí todo empezó a ir mal: el cielo se nubló sin previo aviso y Carrascosa, el de la sala trece, a quien había encomendado una defensa firme y, de proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido, y que su madre, desde el cielo, le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas, anular el gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez iniciado el deterioro ya nadie lo pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decir, pendía de un hilo. Cuando vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose en los pases largos y, para qué negarlo, precisos, que yo le lanzaba desde medio campo, comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos campeones.”

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