Candaditis

No es la primera vez que me encuentro de bruces con un puente con candados. No lo es.

No creo que entonces fuera tampoco la primera vez pero creo que fue cuando fui consciente de ello. Fue en Riga, pero aquello no era nada, unos candadillos de nada desperdigados aquí y allá.

Por aquel entonces me empecé a preguntar que clase de manía le había entrado al personal con el rollo de los candados donde inmortalizar su amor. Que vaya manera mas cutre, digo yo… Un candado, en un puente a la intemperie se acaba oxidando, c’est la vie, c’est la chemie… Y que se oxide no mola nada, a nadie le gusta tener aparejos oxidados en su casa, un coche con óxido es malo malo, gentes del mundo, os mola el amor oxidado? Y los nombrecillos marcados con un rotulador permanente, en fin… permanente por el tiempo que permanece, que no, no es toda la eternidad. Es decir, un análisis superficial del asunto nos lleva a concluir, que aquellos que ponen candados como señal de amor eterno se equivocan, y mucho. El amor les durará mientras les dure, probablemente dependiendo de la dureza del invierno, el frío, las lluvias, las nevadadas y de la calidad del candadito en cuestión… Y en el transcurso de este tiempo su amor no permancerá incorrupto, que va, se ira corrompiendo y cada vez se le verá más feo, más débil, más difuso.

Vale, tal vez mi interpretación está un poco contaminada por el motivo inicial de la candaditis, bueno, por eso y porque cuando todo el mundo hace algo, yo creo que deja de ser interesante hacerlo. Y para mas inring, porque estoy segura de que el 90% de los gilipollas que se dedican a poner candados por los puentes de la geografía europea no tienen ni la mas remota idea de porqué lo hacen. Y el 10% restante me ponen de más mala hostia todavía… Porque si, gentes del mundo, hay un motivo, en una joya de la literatura universal (vease = ironía), los protagonistas de una increíble historia de amor (vease = ironía de nuevo) decidieron demostrarse su afecto mútuo poniendo un candado en un puente de Roma, y a partir de ahí se ha montado todo el lío de los candados del amor. En definitiva, el libro “3 metros sobre el cielo” de Federico Moccia. Historia de amor del adolescente difícil con la niña bien. Y supongo yo que hordas de adolescentes hormonados salieron a la calle con sus candaditos, y empezaron, “vengaaaa, como Babi y Stefano, como Babi y Stefano”… Y bueno… en cierto modo, las hormonas los escusan, pero estoy segura de que la candaditis se ha extendido a pseudo-adultos (no creo que tenga que explicar porque digo pseudo…).

Vale… reconozco que no he leido “3 metros sobre el cielo”, pero en una tarde infame vi la pelicula, un momento de debilidad lo tiene cualquiera… Y cuando la prensa mundial andaba obsesionada con Federico Moccia, por aquí y por allá se me dio por empezar “Carolina no sé que no sé cuánto”… Con empezar me pude hacer una idea de que, si señores, parece ser que soy demasiado mayor para que me guste Moccia, creo que a los 12 ya era demasiado mayor para que me gustara, y miren que a mi el toque de madurez me tardo un cacho largo en llegar…

En definitiva, la aberración que ha causado esta explosión acerca del pobre Mocchia y sus candaditos, y la estupidez mundial ha sido el puente de las artes en Paris. A medida que me acercaba a él no podia entender que cojones estaba viendo, brillaba y era un rollo raro, como un amalgama de texturas y colores. Si, también me estaba dando el sol en la cara… En definitiva, el pobre puente está completamente cubierto de candados. Y digo yo, a los subnormales que se dedican a ponerlos no les entra en la cabeza que tal vez eso no sea demasiado bueno para un puente de cierta antigüedad? Y la pregunta numero dos, parisinos del mundo, con la mala hostia que os gastáis, porqué cojones no deciís “c’est fini, un candado más y te hostio!”.

Que me lo expliquen porque yo no lo entiendo.

DSC_0232

P.D. A mi la foto lo que se dice gustarme, me gusta… pero no quita que el asunto de la candaditis no sea una tontería tonta tonta tonta…

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