Hasta siempre, maestro

Dormía en Atenas tras una noche de fiesta. Me desperté con la boca seca. Cogí mi móvil y en un ritual cuasi-robótico consulté mi facebook. Un quejido suave me sorprendió al leer la noticia, Javier Krahe había fallecido. De manera completamente idiota sentí ganas de llorar. No lo hice, porque no estaba en mi casa, lo hago ahora porque estoy sola y lo recuerdo. Es raro como extraños pueden resultar importantes para uno. Krahe fue importante para mi.

Hace una semana hablaba de lo mucho que me gustaría ir a uno de sus conciertos.  Hace tres semanas soñaba irrealisticamente con acercarme a Boiro, de camino del aeropuerto para ver su actuación el 28 de junio. Irrealisticamente porque mi avión llegaba a las 22.00 de la noche y la actuación ya habría empezado un ratillo antes. En aquel momento mi yo idiota pensó en olvidar mis billetes de Ryanair y viajar el sábado.  No lo hice. Era demasiado caro y pensé que Krahe seguiría con nosotros forever and ever.

Como muchos descubrí a Krahe a través de Sabina. Y como unos cuantos aprendí a apreciar su humor gracias a Ricardo Parada. Y a partir de ahí continué yo sola. En los primeros años de este siglo estudiaba yo en Santiago de Compostela. En aquella época, beber o salir no eran cosas que me interesaran en absoluto. Mi atracción favorita era hacer de groupie discreto para uno de los tipos que se dedicaban a cantar por los bares de la capital. Este era Ricardo Parada. Yo ya era fan de Sabina, y Silvio, Serrat, Aute o Victor Manuel no me eran desconocidos. Sin embargo, cuando ahora lo miro retrospectivamente, lo mejor de aquellas actuaciones era el humor y este solía ir unido a las canciones de Krahe. Las canciones por si mismas eran fantásticas, pero las actuaciones con las que Ricardo Parada y sus amigos las acompañaban, hacían el espectáculo inolvidable. Las dos canciones que recuerdo con más claridad son “¿Dónde se habrá metido esa mujer?” y “la yeti (1a parte)”. Por aquellos años, mi mejor amiga y yo adoptamos el slogan Kraheniano de la última canción: “cuando todo da lo mismo, ¿por qué no hacer alpinismo?”. Esta estúpida frase me ha acompañado desde entonces. Gracias a Ricardo Parada mi curisiodad por Krahe fue en aumento. Y seguí escuchándalo, disfrutándlo y en cierto modo enamorándome de su humor sabio.

Dijo Sabina de él “lo hermoso del humor de Krahe es que cuando uno ser ríe con él, uno se siente más noble y más inteligente, y no se avergûenza para nada”. Muchos han expresado su pesar por la muerte de Krahe, y realmente no puedo añadir mucho más a lo que ya se ha dicho. Con Krahe se ha ido un artista único, completamente distinto. Culto como pocos y con una extraña elegancia del que se sabe defensor de su verdad, una verdad típicamente muy lúcida. No voy a hablar de sus problemas de la censura, por el Cuervo Ingenuo o con la justicia, por el cristo crucificado. En estos días de luto no nos hacen demasiada falta cosas serías. Mi personal homenaje a Krahe va con “la yeti”, porque esa canción me encandiló cuando estaba en la universidad y porque su estribillo me acompañará toda la vida.

Gracias por todo!

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