El año en que se murió Tordo

El año en que se murió Tordo no empezó bien. Decir que no empezó bien es de por si un eufemismo de los grandes. El año anterior acabó entre ambulancias, urgencias y hospitales, gripes, diarreas y dolores de estómago. Dudo que Tordo se enterara mucho de lo que estaba pasando. El dormía en su caja y a duras penas conseguía subir a la cocina. Cuando estaba en casa se chocaba con las patas de la mesa y empezó a hacer esa cosa extraña de dar círculos y círculos hasta acabar con la mirada fija en una esquina. Tordo pensaba mucho en comer. Cuando tocaba se levantaba pesadamente y se paseaba alrededor de la mesa pidiendo su ración, con su patita solícita e insistente.

El año siguió mal aunque Tordo no fuera consciente. Cuando murió el abuelo probablemente solo notó que la comida no venía dada por la mano de siempre. Es posible que no sintiera la pena, ni las lágrimas y tampoco el cansancio. Y el año siguió su curso con los días pasando mientras sus patas fallaban más y más.

Y Tordo cumplió 16 años. Con el pelillo rasurado los cumplió sin enterarse demasiado. Adelgazó rapidamente y el pelo se le encaneció. Empezó a dormir en la habitación de su niñez. Los diez escalones que daban acceso a la terraza se le antojaban eternos. Se le resistían y ya no se acordaba muy bien de donde estaban. A veces una mano amable lo guiaba. A veces lo alzaba y 10 segundos despues caía en un suelo familiar pero resbaladizo. Las patas se le doblaban y las almohadillas patinaban estúpidamente. Eso si, Tordo aún tenía hambre. Los tomates le seguían gustando, y el queso, y el pienso, y el salmón, y la carne y el arroz, y bueno, todo le gustaba. Aunque ahora los olores ya no eran tan poderosos como antes.

Y llegó su último verano. Tordo no se enteró demasiado. Estaban los de siempre y volvieron los de casi siempre. Aunque luego se marcharon. A él le dio un poco igual. Su comida llegaba igual cada día al caer la noche y Tordo revivía con la emoción. No volvió a pensar en la playa e ir de paseo ya no le apetecía.

Y en el otoño su cuerpecillo ya no pudo más y Tordo cerró sus ojos castaños para siempre.

El año siguió sin él, con más lágrimas derramadas por aquí y por allá. Llegaron las Navidades y se sintieron tristes por las ausencias de siempre y las ausencias sumadas. Las comidas  se antojaron extrañas sin una patita insistente recordándote su existencia. El olor del tomate lo recordaba, los restos de queso, las cajas de Philadelphia vacías, la soledad al poner la ropa en la terraza, subir las escaleras, el pasillo, las plantas, y sobre todo esa jauría de gatos pululando irrespectuosamente por el que, no hacía tanto, había sido su feudo.

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