Hace un rato que no escribo así que empiezo este post dubitativa, como aquel que tiene que aprender a caminar de nuevo. Extraños son los efectos de la vida adulta que hacen que dejes de hacer cosas que te llenan sin saber muy bien porqué. Más que extraño es triste, pero vamos a dejar la melancolía para otro día, que hoy no me apetece.
Oslo world es un festival de música que se celebra en Oslo cada otonho. En este festival traen a gente de otras culturas a Oslo durante una o dos semanas. La primera vez que fui a la Opera, fue por “culpa” de este festival. A costa de un dolor de espalda compré los billetes más baratos (que no eran baratos) para ver un espectáculo de flamenco, música y baile. No recuerdo quien era la artista, pero si que recuerdo que de repente me sentí un poquito más cerca de casa. Y no soy andaluza, así que el flamenco cerca tampoco me queda. Pero supongo que me queda más cerca que el curling.
El anho pasado el Oslo World me trajo a una criatura maravillosa que nunca pensé que tendría la oportunidad de ver en directo. El magnífico Caetano Veloso. Aquella sala de conciertos fue de nuevo como teletransportarse. Esta vez no fue a casa, pero a Brazil. Allí la gente no podía quedarse sentada al oír alguna de sus canciones favoritas, se ponían a bailar en las esquinas de cada fila, sin importar que el espacio fuera reducido y no lo permitiera demasiado. Tan bonito, tan distinto y pensar de nuevo, esto es Oslo world, teletransportarte a otra cultura durante hora y media. Caetano Veloso no tuvo a bien cantar mi canción favorita, Eu sei que voute amar, pero fue tan cercano y maravilloso, que yo se lo perdono y agradezco enormemente haber visto a una leyenda como él.
Allá por marzo, para mi sorpresa, vi que Jorge Drexler venía este anho al Oslo World. No es que yo sea una fan encarnizada de Drexler, pero me gusta. Lo he escuchado on/off desde hace anhos. Me gusta. Así que, como la fan que no soy me compré las entradas casi directamente. Como nueva ciudadana de la capital tenía yo grandes planes para el Oslo World este anho que en teoría no habrían parado en Drexler. La vida, sin embargo me puso una mudanza en el camino que me hizo pensar que menos mal que compré las entradas en abril porque en septiembre no las habría comprado.
De nuevo, al entrar en esa sala de conciertos me sentí como teletransportada a Espanha, o a latino américa, pero en plan koselig/cute/acogedor, como estar en una sala de conciertos enana en Madrid con una super-star. Jorge Drexler fue encantador, interactuó con la gente todo el tiempo, se marcó una impro de una canción de Caetano Veloso, quien sabe porqué… Contó historias personales, y lo hizo de manera graciosa, habló con el público e interpretó alguna de las canciones que se le fueron pidiendo. Fue bonito. Tan bonito, que yo salí de allí extasiada, sin importarme demasiado que la parte de la música, cuando dejaba la guitarra, fuera un poco como si comme si, comme sa. Me hizo recordar la gran injusticia que le hicieron en los Oscars, y la elegancia con la que protestó marcándose un a capella de al otro lado del río. Se me medio escapó una lagrimilla con la intro, y la canción Milonga del moro judío. Pensando precisamente lo mismo, no hay una piedra en el mundo, que valga lo que una vida…
Y así me hice fan de Oslo World y de Drexler y de Caetano Veloso. Tiene un aura interesante ir a conciertos de gente que es muy conocida en sus países en lugares ajenos, porque allí los que van los acogen de forma distinta, un poco como recoger unas poquitas miguitas en la mochila para resistir hasta el próximo viaje a casa.